16.7.14

Cástulo Guerra, de Córdoba a Hollywood, en primera persona


Enterados que Cástulo Guerra está presente en The Purge 2, de James DeMonaco (a estrenarse en Julio de 2014 en USA), nos pareció interesante conocer un poco más de este actor nacido en Córdoba, criado en Salta y con décadas viviendo y trabajando en Los Ángeles.

Más que un recorrido biográfico (pueden consultar su bio completa, fotos, videos y demás en su sitio personal), nos propusimos reflejar su historia, contada por él mismo. En el siguiente texto, Cástulo nos describe, con precisión y belleza, el nacimiento de su vocación artística y su lucha por trazar su propio camino de realización.




Recuerdos Personales

VOCACIÓN: ESE MISTERIOSO LLAMADO DEL SER

Por Cástulo Guerra

Busco mi voz
No la quiero para hablar;
me haré con ella un anillo
que llevará mi silencio
en su dedo pequeñito
(Basado en El Niño Mudo, de García Lorca).


Con permiso del lector hablaré a nivel por demás personal. No con términos claros ni académicos, sino a través de imágenes que “los lazos de la memoria, ... cuatrereando” por el pasado--como dice Manuel J. Castilla, devuelven con vida al presente en fabulosos claroscuros. Por alguna treta mental mirar hacia el futuro, en el pasado, era deambular por la incertidumbre de la oscuridad. Mientras que mirar hoy hacia atrás, es un delicioso transitar por la algarabía de la claridad y la sospecha de que, de algún extraño modo, todo tuvo sentido. Entonces la brisa fresca del agradecimiento mece el alma hondamente, y los labios se forman para decir: “¡Gracias!” Ese es mi sentir hacia el Viejo Tucumán.

Llegué de Salta en 1963 a los 17 años, cargando la misión paterna de hacerme médico. Dios sabe cuánto hice por satisfacer mi mandato. De algún modo, mi arribo de noche en medio de una fuerte tormenta de marzo fue simbólico de mis dos primeros años en la universidad. Con dificultad ubiqué esa noche mi primera pensión de la Avenida Avellaneda, a pocas cuadras de la terminal de ómnibus en El Bajo. Empapado y sin saber dónde estaba, conocí aquella noche tormentosa a mi primer compañero de pieza, otro salteño, candidato a dentista, que no hizo fácil la inocencia de mis primeros pasos lejos del hogar.

Con la mañana y el sol fuerte, desperté al bullicio tucumano de gente, tranvías, colectivos, montañas de fruta, peringundines baratos, y la fuerte presencia de la caña de azúcar alrededor de la ciudad. Pronto descubrí que la universidad y la ciudad eran prácticamente la misma cosa. Algo que en los EEUU pocas veces se ve. Tucumán de a poco se me reveló como un caldero complejo de actividad humana donde era difícil separar al pueblo y sus barrios, de la universidad, la política, la cultura o la economía. Y así, corriendo entre las clases de la Facultad del Parque y la Facultad Central, de a poco fui descubriendo el colorido tapiz tucumano. A menudo miraba a ciertos estudiantes y tenía la fuerte sensación de que habían nacido para ser médicos. Lo cual me dejaba en tinieblas porque yo sabía de mis dudas. Algo de adentro me decía que ese sendero no era para mí. El problema era si no medicina, entonces qué. Mirando a la lista de opciones no salía nada que me diera una pauta. Y eso era desesperante porque no había tiempo, y menos dinero, para tirar.

Poco a poco, un sexto sentido hizo que surgiera la pensión apropiada, o la cuadra, y los compañeros, como quien busca el calor del sol. Y salvo la visita ocasional a la familia vía La Veloz del Norte, los salteños buscaban replicar la calidez del terruño en la mateada con acompañamiento de guitarra y anécdotas bajo la luz tenue del cuarto de pensión. Con un poco de suerte, las “señoritas” dueñas de la pensión aunque con dos años menos que el sol, tenían la paciencia de aguantarse los trasnoches estudiantiles a cambio de que les pagaran el mes por adelantado. Comíamos en el Comedor Universitario de la Calle Muñecas y había que cuidarse de no perder ni almuerzo ni cena, sopena de andar hambreado el resto del día, sobre todo si el bolsillo andaba flaco. Como el domingo a la noche no había comedor, se organizaba la gran locreada en “El San Martín” frente a la plaza, cuyo menú convenía a nuestro presupuesto. Gradualmente, íbamos adquiriendo la habilidad de imitar el acento tucumano y hasta la destreza de “herrar” a alguien con el devastador y acertado apodo.

En el rodaje de The Mexican (2001, Gore Verbinski)

Tras las risas y la diversión barata de pasear por calles, avenidas y plazas, siempre se retornaba a la realidad de los libracos de Anatomía de Testut o Ruviére. Ahí se producía el silencio y la concentración hasta la madrugada, sobre todo si había parcial en puerta. Le aseguro al lector que hice lo imposible por “hacerme” médico. No solo intenté estudiar sino que aprobé todos mis requisitos de mis primeros dos años con buenas notas. Mi Papá se había agenciado un esqueleto completo del Cementerio de Salta y yo hasta dormía junto a la calavera para ver si por ahí me surgía algo que me diera una pauta.

Pero yo lo había acotado a Hamlet sobre la frente de mi Yorick anónimo con la máxima suprema de Ser o no ser. Y a menudo me venía a la memoria el primer amor de mi vida. Yo tenía unos ocho años cuando volviendo de la escuela, en un canchón donde generalmente jugaban los changos a la pelota, estaban armando una carpa de circo. Los payasos, enanos, malabaristas y equilibristas ayudaban en todas las tareas y el olor a animal se me colaba por el alma. El viento inflaba la carpa como si quisiera volar y yo me quedaba horas mirando. Tanto que un día el jinete del circo me dijo: “¿Vos venís todos los días, no? ¿Te animás a hacer un trabajito? Yo te doy unos pesos.” Quería que le limpiara las patas a los elefantes. Con un gancho se le tocaba por delante la pata al animal que obediente la levantaba y así se le pasaba el mismo gancho por las pesuñas y se le sacaba el estiércol antes de la función. Mi Mamá, asustada, me pegó un par de gritos cuando llegué tarde a la casa y no me creyó que los pesos que le di eran del circo y menos de limpiar a los elefantes. Pero un día al volver de la escuela me di con que el circo se había ido y que solo quedaban pedazos de papeles rodando por el canchón vacío. Me puse a llorar. Y mi Papá dijo, “No lo entiendo a este chico.”

En 1960, cuando yo tenía 15 años, cursaba el tercer año del Nacional y también era bibliotecario de la Cultural Británica. Y corrió la voz que iban a filmar una película de Hollywood ahí en los campos de Salta. Se iba a llamar Taras Bulba e iban a actuar actores de renombre como Yul Brynner y Tony Curtis. El revuelo fue inmediato y los compañeros “de nombre” y con caballo empezaron a contar que iban a trabajar en la gran película. Ellos hablaban de Brynner y Curtis como si hubieran estado comiendo empanadas en la cocina de su casa. Y yo tenía que masticar mis celos de no poder entrar en el círculo predilecto. Pero a lo largo de mi vida he tenido “ángeles” -si el lector me permite la libertad-- que se me aparecieron como para indicar el camino. Había en la Cultural una profesora sueca muy bonita que prefería hablarme siempre en inglés, cosa que me elevaba a un plantel de privilegio. Y me pidió si le podía hacer un favor. Como yo era el único que manejaba el viejo mimeógrafo, me dijo si le podía sacar copias al libreto de la película porque ella estaba conectada a los de Taras Bulba como traductora. Hice las copias y traté al libreto como si fuera la Biblia. Y en recompensa, la profesora agregó que si me atraía ver la filmación, no me dejaban entrar por el portón principal, pero había una manera de llegar hasta el equipo de producción cortando por un potrero y una loma que salía justito a la locación. Una siesta, después del colegio, me animé y grande fue mi sorpresa cuando me aparecí en medio del director, el personal y el elenco, y nadie me dijo nada. A lo lejos estaban las tropas, agotadas en el calor, esperando la voz de “Acción” por el megáfono. Esas tropas, y por ende mis compañeros de la gran suerte, habían estado desde el despuntar del día galopando sin parar, con períodos largos de espera. Y sin duda empezaban a ver que eso de hacer cine puede ser muy tedioso, sobre todo cuando se hacen grandes escenas con cientos de extras. Puede llevar horas armar una escena de acción mientras que la filmación es por demás breve y las repeticiones son muchas. Pero al igual que el circo de mi infancia, el gustito por la filmación se me coló muy adentro.

Me le aparecí a mi padre con que quería hacer eso. Tras el susto inicial me dijo, “Pero de qué vas a vivir. Aquí en Salta es un imposible.” Pero pronto se le ocurrió una gran idea. Me iba a mandar a “su gran amigo, un psicólogo” que me iba a resolver todos mis enigmas. Tras unos tests absurdos del mentado psicólogo el resultado salió sospechosamente favorable a medicina o química industrial. Confundido le pregunté, “¡Qué es química industrial!” Tras titubear me dijo, “Y... jabones... detergentes.” Con el alma por el suelo fue que más tarde partí hacia Tucumán a intentar hacerme médico. Pero antes de eso, otra siesta, me fui al Campo de Castañares y me di con que había concluido la filmación. Habían filmado “la quema del castillo” como toma final y habían dejado el campo tan vacío como aquel circo de la niñez. Ese fue mi amor imposible número dos.

Stick (1985, de y con Burt Reynolds)


En Tucumán adquirí una bicicleta destartalada que yo apodé Rocinante. Así montado, me iba por la ciudad a ventilar mis angustias e incertidumbres. En aquella ocasión memorable, salí a dar una vuelta grande por las cuatro avenidas de la ciudad. La distancia andada siempre correspondía con el estado de ánimo de uno. Era octubre de 1963. La noche estaba perfumada y fresca. De pronto pasé por un edificio iluminado sobre la Avenida Sarmiento que me llamó la atención. Dejé a Rocinante al costado, subí las escaleras y le pregunté a un señor bajito de cara encendida que había a la entrada, “¿Qué es aquí?” El hombrecito me respondió con voz ronca, “¡Un teatro, pues!” Le pregunté porqué las luces y me dijo, “¡Porque hay función, pues!” “¿Y qué dan?”, agregué, a lo que ya impaciente me dijo, “¡Una obra, pues! Seis Personajes En Busca De Un Autor.” Pregunté el precio y sorprendido, tenía yo justito para la entrada. Me metí lleno de curiosidad. Por alguna razón Salta nunca fue teatrera y creo que yo jamás había visto formalmente un espectáculo de teatro. Me sorprendió ver apenas unas seis personas en el público. El telón estaba abierto, el escenario vacío, y habían unas sillas apiladas contra la pared del fondo. Convencido de que esto no era función sino ensayo, salí a increparlo al hombrecito de afuera. Pero me detuvo. “Andá sentate que ya comienza la función.” Volví a sentarme pero al lado de la entrada, por las dudas. Las luces de sala no se apagaron. Salieron dos maquinistas -los Molina. Empezaron a martillar y uno de ellos dijo, “Che, a qué hora empieza el ensayo!” Lo cual confirmó mi gran duda. Pero mi hombrecito del rostro encendido ya estaba a mi lado y me puso la mano en el hombro para que no me levante. Entraron los actores y volvieron a hablar de ensayo. Entró un director frenético y dijo, “¡Empecemos el ensayo!” Pero en medio del famoso ensayo, cuál sería mi confusión extrema cuando el hombrecito de la puerta se aparece y dice, “¡Oiga, ahí lo buscan!” Y parados a mi lado estaban seis personajes por demás extraños, vestidos de negro. Empezó la obra y mi mente fue a donde jamás había ido antes. La obra era insólita, sorprendente, descabellada. Al final, el director decía: “¡Dios mío, realidad o fantasía. Cuál es cual!” Y jamás estuve más de acuerdo con una obra. El director era Rudy Levín. La actriz era Marta Forté. El hijo, Carlos Olivera. Y el hombrecito encendido era Capelli, el cuidador del Teatro San Martín que, entre acto y acto, se tomaba su vinito para no perder el tono ni el color. Él en realidad tenía que decir, “Señor director, lo buscan seis personajes.” Pero creo que su ebriedad solo daba para el tan tucumano “¡Oiga, ahí lo buscan!”

Sacudido esa noche volví a la pensión y relaté a los compañeros lo acontecido. A la mañana siguiente me fui a comprar la obra para poder leérsela a los salteños. Y allí empezó la fiebre del teatro. Sin saber yo, Boyce Díaz Ulloque había dirigido la obra y había sido un histórico fiasco. Impensablemente, Seis Personajes fue el “ángel” que me señaló el camino del teatro. Lleno de entusiasmo me fui al San Martín el día siguiente, y hablé con la secretaria, Marta Oviedo. Le dije que me interesaba entrar al teatro pero me contestó que allí eran todos profesionales. Vio mi cara demolida y agregó, “Pero me han dicho que el año que viene se va a formar una escuela de teatro.”

Volví a la pensión, a los libros y concluí el año con la noción de que el único camino era tal vez continuar con medicina y olvidarme de mis fantasías. Vino Navidad y las vacaciones en Salta. A fines de febrero, casi marzo, volví a Tucumán. Sin saber, me esperaba otro “ángel” con una nueva dirección y otro milagro.

En la pensión, uno de los Caro de Salta me dijo, “Che, loco, ahí en La Gaceta hay algo para vos.” El artículo decía, Se iniciarán inscripciones para los cursos de la flamante Escuela de Arte Dramático de la UNT. En la fecha indicada, me fui a la rotonda del Teatro San Martín. Había un número grande de candidatos. Adentro me entrevistaron Boyce Díaz Ulloque y Ethel Zarlenga -ella dirigía además el Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras con actores como Cacho Juárez, Selva Cuenca, Graciela Martínez Pastur y Santiago Archetti. Me tomó de sorpresa que me aceptaran, pero fue la mejor noticia de ese año. Y empezó un largo y paciente sendero de descubrimiento. Nuevos amigos. Y la participación en el Coro Universitario. Ese año, Mario Cognato preparó las voces para la ambiciosa presentación del Réquiem de Brahms con la Sinfónica de la UNT, bajo la conducción del maestro Teodoro Fuchs y como parte del Septiembre Musical tucumano.


Con Linda Hamilton, en Terminators 2 (1991, James Cameron)

Pero todavía quedaba la mayor dificultad: resolver mi situación con medicina, aún cuando los mismos compañeros de teatro me instigaban a permanecer en la carrera. Muchos de ellos estudiaban abogacía, arquitectura o arte. Pero por fin tuve una fuerte decisión y certeza del camino a seguir. Uno que resolvía todos mis enigmas. Me inscribí en el Departamento de Inglés de Filosofía y Letras. Con mi interés central en inglés y el teatro, recibiría una formación integral dentro de la Humanidades. Así, munido de mi seguridad de que éste era el camino indicado, me fui a Salta a dar “la nueva” a mi padre. Fue difícil. El no lo tomó bien. Y solo atinó a preguntarme, “¡Pero, hijo, de qué vas a vivir!” Y recuerdo que dije con toda honestidad, “No sé. Ya inventaré algo. Pero esta decisión me colma de alegría y me da ganas de pelearle a los elementos. Quedate tranquilo.”

Recuerdo la primera clase magistral del Profesor Grau, un ser no solo de gran conocimiento sino de una calidad humana extraordinaria y de un poder de inspiración ilimitado. El mejor momento es cuando el estudiante reconoce a un modelo en su profesor y quiere ser como él. Y Filosofía y Letras tenía en 1964 un puñado extraordinario de modelos, tanto profesores como alumnos, cada uno en su clase. El entusiasmo estudiantil era contagioso y yo empezaba a sentir una cierta coincidencia generacional. La nueva Facultad integró todos mis cabos sueltos y les dio forma. Me enseño, me formó y me lanzó de una manera que a veces hoy produce un dejo de nostalgia. Tucumán y la universidad me ayudaron a resolver el gran signo de pregunta, el llamado o vocare del latín. La complejidad socio-cultural tucumana fertilizó mi sendero de por vida que se llama vocación.

La Escuela de Teatro de la UNT pasó a la Biblioteca Sarmiento y finalmente a la Biblioteca Alberdi. Pero mi primer trabajo público dentro del Teatro Universitario no llegaría hasta 1971. Entre 1966 y 1970 entré a integrar el elenco del Teatro Estable de la Provincia. Mi nueva escuela de formación fue ante el público tanto en el San Martín como en la campaña, a donde muchas veces llevó teatro en gira la Provincia. Nombres memorables o no tan memorables fueron Una Ardiente Noche de Verano, Termidor, El Burgués Gentilhombre, Romeo y Julieta, La Caja del Almanaque,El Reñidero, Dos Viejos Pánicos, Al Campo. Tuve la fortuna de trabajar con “los grandes” de la escena tucumana: Alfredo Fénik, Rudy Levín, Cacho Juárez, Carlos Olivera, Marta Forté, la Callegari, Olga de Haines, Blanca Rosa Gómez, Alberto Benegas, María Angélica Robledo. De la escuela salieron nombres de la talla de Marina Bertelli, Norah Castaldo, Elba Neigeboren, Alicia López Vera, Ricardo Salím. En ocasiones hubo necesidad de traer actores de Radio Teatro. Así, Mario Vanadías se sumó a la cartelera. Dirigían Dittborn Pinto de Chile, Roittman de Mendoza o Santángelo de Buenos Aires. La comunidad cultural tucumana era una, no necesariamente de armonioso acuerdo, pero sí dedicada a hacer y producir. Aunque los admiraba, nunca trabajé con Oscar Quiroga o Rosa ävila. Y si no incluyo a muchos nombres, no es intencional.

Como el Dr. Seth Mendoza, en Star  Trek

En 1967 se lanzó la primera TV Universitaria experimental. Estando yo como profesor de inglés en el Instituto Anglo, se presentó la oportunidad de dirigir una escena de Julius Caesar de Shakespeare en inglés para Canal 10. Profesores y alumnos se abocaron a gestar la puesta y se la realizó en vivo. Jamás dijo nadie, “No, en inglés no se puede.” Las puertas estaban abiertas. En 1969, un grupo de inquietos del teatro presentó la idea de formar un Teatro Experimental como apéndice del Teatro Estable. A Guido Torres le gustó la idea y así se hizo Ceremonia Para Un Negro Asesinado. Ricardo Salím, siempre fecundo en ideas, Hugo Gramajo, Vicente Tejerína, Patricia Parpagnoli, Lucho Giraud y “el gordo”Di Lullo, nos embarcamos en este proyecto lleno de nueva vida y llegamos al Festival de Teatros de Córdoba del 69 por segunda vez. En el Festival del 68, nuestra puesta había ganado el primer premio con La Caja del Almanaque. En 1970, sentí la necesidad de apartarme del teatro y rever mis ideas. Se presentó una excelente oportunidad de explorar algo nuevo a través de la presentación en inglés de Picnic, que dirigí para Aticana y para la que el Teatro Universitario generosamente cedió la sala de la Biblioteca Alberdi y todo su personal técnico. Picnic utilizó todas las fuentes de colaboración, incluyendo el Instituto Cinematográfico que dirigía entonces Jorge Wyngaard, y fue como un canto a la vida que todavía resuena en mi memoria.

1971 aceleró todos los procesos. Completé mi profesorado de inglés en la Facultad. Hice el inolvidable “Viejo Rasca” de Rosencrantz y Guildenstern Han Muerto, esta vez en una exquisita puesta de Boyce Díaz Ulloque para mi primer trabajo con el Universitario. Ricardo Salím y Pepe Avila eran la gran pareja central de la obra. Esta producción se llevó al Teatro Cervantes de Buenos Aires en julio. Y el 18 de agosto llagaba yo a Lawrence, Kansas becado por Fulbright para estudios de graduado en teatro.

Hacen 34 años que me vine del terruño. Muchas veces me he encontrado con que el proceso de descubrimiento o de tener que reinventar el camino es circular. La rueda da vueltas por los claros y los oscuros. Pasamos de la claridad a la confusión intermitentemente. Pero si el sendero tiene un corazón, todo es posible. En 1975, desde Nueva York y bajo una beca de la Fundación Ford, compuse un trabajo unipersonal, Fiesta del Unicornio. A este trabajo tuve la fortuna de mostrarlo en escenario cerrado en el Teatro Universitario de la Biblioteca Alberdi. En él volcaba toda mi pasión y empeño por el descubrimiento del ser profundo personal. Ayudado por versos de García Lorca decía con toda honestidad: ¡Busco mi voz! Pienso que es el puntapié inicial de toda empresa. Conocerse a sí mismo. Solo luego se puede expandir al ser social. Y la base de este proceso será como proféticamente dice T.S.Eliot:

Jamás cesaremos de explorar
Y el final de todas nuestras exploraciones
Será llegar a donde empezamos
Y conocer el lugar por primera vez.

Bendíceme, Última (Bless me, última-2012, Carl Franklin)


Entre 1973 y 1979 en Nueva York, me aboqué a la exploración teatral experimental. Tuve la fortuna de trabajar junto a Jerzy Grotowski, el grande del Teatr Laboratorium de Polonia. A partir de 1979, hasta el presente, los tiempos, la economía y el camino en sí, me han llevado por el cine y la televisión. He tenido la suerte de hacerlo al Próspero de La Tempestad de Shakespeare en el teatro. Y he hecho de Los Angeles mi nuevo hogar. Junto a mi compañera desde el primer día de clases en la Universidad de Kansas, Christy, y mis dos hijos; Clarity de 18 e Ian de 16. He trabajado con James Cameron, Steven Spielberg, Paul Mazurski, Blake Edwards, Nicholas Roeg, John Lee Hancock, Gore Verbinski y Bryan Singer, entre otros directores. He conocido a muy buenos actores. He triunfado y he fracasado cada día. Aún hoy repito lo que le dije a mi padre alguna vez:
No sé. Ya inventaré algo. Y jamás olvidaré aquella vez en que, estando en Nueva York y medio decepcionado de mis cosas teatrales, mi padre me dijo: “Jamás abandones el camino que elegiste. Ese es tu camino” La incertidumbre nunca se va. Es más, me mantiene vivo. Pero sé que es el sendero el que cuenta. Sigo alerta... por si alguna vez algún “ángel” me apunta de nuevo el camino. Y debo estar despierto para seguirlo.

Mi paso por la universidad y el Viejo Tucumán me dieron los elementos para navegar el resto de mi vida. Cada momento, cada ser, cada claustro, cada traspié, me dieron vigor para seguir, como dice el don Juan de Carlos Castaneda:

Para mí solo recorrer los caminos que tienen
corazón, cualquier camino que tenga corazón.
Por ahí yo recorro, y la única prueba que
vale es atravesar todo su largo. Y por ahí
yo recorro mirando, mirando, sin aliento.

Los Ángeles, enero de 2006.


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